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Antonio de Aguiar Patriota

 

 

BRASILIA – La Carta de las Naciones Unidas de 1945 significó un hito histórico en la búsqueda de la paz basada en un sistema multilateral. Al final de la guerra mundial que cobró más de 50 millones de vidas, los Estados Unidos y la Unión Soviética emergieron como las dos principales potencias del mundo. La Carta de las Naciones Unidas, negociada inicialmente los Estados Unidos, la Unión Soviética y Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, establecía un Consejo de Seguridad de cinco miembros permanentes, incluidos Francia y la República Popular de China.

Las Naciones Unidas empezaron con 51 países; ahora tienen 193 Estados miembros. Sin embargo, aunque el Consejo de Seguridad aumentó en 1965 el número de miembros no permanentes de seis a diez, sus miembros permanentes no han cambiado desde 1945.

El mundo ha tenido transformaciones extraordinarias desde entonces. Aunado a los conflictos interestatales y la proliferación de armas –en particular las armas de destrucción masiva– han surgido nuevos desafíos, como el terrorismo y la participación de actores no estatales en conflictos internos. Mientras tanto, la distribución de poder económico y político ha experimentado una reconfiguración radical, lo que ha sentado las bases para el surgimiento de un orden internacional multipolar.

En este contexto, la composición inamovible del Consejo de Seguridad está imponiendo serios límites a la capacidad de la comunidad internacional de abordar los desafíos globales. Los conflictos se prolongan sin que la organización creada para atenderlos tome medidas al respecto. Miles de civiles mueren o son desplazados o sufren abusos atroces a sus derechos humanos, mientras que el Consejo de Seguridad se muestra incapaz o sin la voluntad de actuar. Por ende, es urgente e indispensable reformar el Consejo.

Gran parte de los Estados miembros de las Naciones Unidas son partidarios de crear un nuevo Consejo que tenga una lista ampliada de miembros permanentes y no permanentes. Esta mayoría refleja un punto de vista cada vez más compartido de que el mundo sería más estable y seguro con un sistema multilateral fortalecido y actualizado. Esto significa incluir más voces para reflejar el mundo en el que ahora vivimos. Una vez hecho esto, el Consejo de Seguridad tendrá legitimidad para actuar en los múltiples conflictos de esta época.

Un Consejo de Seguridad reformado reflejaría el auge de nuevas potencias y su voluntad para contribuir al mantenimiento de la seguridad y paz internacionales. En el ámbito financiero y económico, esta multipolaridad ya ha conducido a reformas en el sistema de cuotas en el Fondo Monetario Internacional y resultó en la consolidación del G-20 como el foro principal de coordinación de políticas multilaterales económicas.

El contraste con los asuntos de paz y seguridad es marcado. Regiones enteras del mundo como África y América Latina, están excluidas del núcleo de toma de decisiones. Un organismo rector, que no es representativo, fomenta la incertidumbre y frustración entre aquellos que deben acatar sus decisiones y socava su legitimidad –por ende, la efectividad– de sus acciones.

Existe un gran riesgo de erosión de la credibilidad del Consejo de Seguridad, y por lo tanto, una decreciente capacidad para encarar las serias amenazas a la paz. Todos perderemos si las nuevas crisis internacionales las abordan, en última instancia, coaliciones de países al margen del Consejo de Seguridad y de una manera que viola el derecho internacional.

Las lecciones del pasado reciente son claras. En cualquier conflicto es indispensable la participación y compromiso de países vecinos para alcanzar la paz. Solamente un Consejo de Seguridad ampliado puede permitir la solución efectiva de conflictos en todo el mundo.

La comunidad internacional no puede permitirse postergar las reformas. Es nuestro deber preservar el sistema multilateral de paz y seguridad –un logro de la comunidad internacional que, pese a sus fallas, ha contribuido a salvar el planeta de otra guerra a escala global.

Solamente un aumento del número de miembros permanentes y no permanentes puede remediar el déficit de representación del Consejo de Seguridad y adaptarlo a las realidades del siglo XXI. Si no se ofrece un lugar en la toma de decisiones a nuevos miembros y regiones, el Consejo afrontará una menor relevancia –y el mundo, que necesita más que nunca una resolución efectiva de conflictos, estará en peores condiciones.

 

Traducción de Kena Nequiz


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